Vivir mejor
Spento

Es una convicción muy difundida que el cuidado de nuestra salud se encomiende principalmente a la medicina. Esta convicción se alimenta de la espectacular y continua prolongación de la esperanza de vida media. El aumento de la longevidad nos empuja a dejar, con confianza, nuestra salud en manos de la medicina porque son los progresos de esta última los que nos hacen vivir más tiempo. 

Y estos progresos no parecen haber alcanzado su límite porque la esperanza de vida media ha seguido prolongándose también en tiempos recientes. En España entre 1992 y 2013, la esperanza de vida al nacer de los hombres ha pasado de 73,9 a 80,0 años y la de las mujeres de 81,2 a 85,6 años, según las Tablas de mortalidad que publica el INE.

Pero tener una vida más larga no significa poder contar con una salud más duradera. 

En el 2004 la esperanza de vida en buena salud a los 65 años era de casi 10 años para hombres y mujeres. Pero en el 2013 no ha aumentado para los hombres y ha disminuido de casi un año para las mujeres (Indicadores de Desarrollo Sostenible, Eurostat). 

La vida en buena salud se define como la ausencia de minusvalías o enfermedades que obstaculicen las actividades cotidianas. 

Resumiendo, la “esperanza de vida” se alarga pero la “esperanza de salud” es otra cosa. Vamos ganando años de vida pero no años de salud. Por lo tanto, ampliar la esperanza de vida no implica mejorar la salud. El problema no es solamente vivir más, sino sobre todo vivir mejor. Y desde este punto de vista la situación es alarmante: se amplía la distancia entre esperanza de vida en aumento y vida sana constante en retroceso, lo que significa, en práctica, que se están formando grandes grupos de enfermos crónicos. Son estos grupos los que crean una presión insostenible sobre el gasto sanitario.

Concretamente, todo esto es también la base de la insostenibilidad del gasto en pensiones de los países ricos, cargados de ejércitos de jubilados que son el resultado del aumento de la longevidad. La solución, el aumento de la edad de jubilación, no encontraría la enorme resistencia que encuentra en la opinión pública, si también se hubiera alargado la esperanza de salud junto a la de vida. Pero cuando pensamos en mayores que trabajan, la imagen que nos aparece es la de gente cansada y maltrecha que por el contrario debería cuidarse y reposar. Resumiendo, el aumento de la edad de jubilación no nos parece tolerable porque pensamos que obliga a trabajar a gente que no tiene ni salud ni energía para trabajar. 

La longevidad no es un buen indicador de salud

El nexo entre longevidad y salud es mucho menos lineal de lo que parece a primera vista. 

Por ejemplo: ¿quién tiene más esperanza de vida entre John, el neonato medio estadounidense, y Yannis, el neonato medio griego? El gasto sanitario per cápita estadounidense supone el doble del griego. Además en los Estados Unidos el número de TAC o resonancias magnéticas por habitante es 6 veces mayor que en Grecia. Esperaríamos entonces que Yannis tendencialmente viva menos que John. En cambio la esperanza de vida de John es un 20% más baja que la de Yannis. Este ejemplo ilustra un problema más general, es decir el hecho de que, comparando varios países, no hay ninguna relación entre esperanza de vida y gasto sanitario. Este gasto es el que los sectores público y privado sostienen para prevenir y curar las enfermedades. El gasto sanitario per cápita en Estados Unidos es casi el doble del sueco y más que el doble del japonés, pero la esperanza de vida media en Estados Unidos es casi 5 años menos que la japonesa y unos 3 años menos que la sueca.

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